Los jefes policiales no saben cómo responderles a los habitantes de los barrios. "Siempre estamos predispuestos a recibir denuncias y a responder a las necesidades de los vecinos", asegura el comisario Benjamín Luna, de la seccional 12a, en cuya jurisdicción un motoarrebatador asesinó a Elda Ana Hovannes. El comisario está sorprendido porque no tenían denuncias de robos o asaltos y la gente del barrio Ampliación Kennedy dice que al menos el 50 % de los habitantes de esa barriada fue víctima de delitos o conoce a alguien que lo fue. Lo que el comisario Luna no se pregunta -y tampoco su jefe, el titular de la Policía, comisario general Jorge Racedo, ni el ministro de Seguridad Ciudadana, Mario López Herrera, ni el gobernador José Alperovich- es por qué los ciudadanos no hacen denuncias.

Una respuesta a esa pregunta la dio en LA GACETA del domingo la vecina Cecilia Caliva: "sentimos miedo y sabemos que los delincuentes nos controlan", dijo. Eso mostraría ya un problema estructural, añejo, que se entiende cuando se ve la tremenda historia de Elda Hovannes, que hace 13 años sufrió un ataque similar al que le costó la vida el lunes pasado, y que la impulsaba a reclamar a las autoridades sin que nunca haya sido oída.

Otra respuesta es que la gente no tiene confianza en la Policía, ya sea porque la considera ineficiente, mal organizada o corrupta. Sea como sea, lo cierto es que la falta de denuncias en el barrio Ampliación Kennedy se corresponde con el estudio de la investigadora Lucía Cid, que dice que el 45% de las personas que sufrieron delitos en Tucumán no hizo la denuncia.

Los funcionarios han reaccionado como siempre. Ayer enviaron 50 policías más al barrio Ampliación Kennedy con la consigna de que "salgan a patrullar", pero la orden no es patrullar sino estar de parada: quietos, que los vean durante horas en un lugar determinado como centinelas, a la espera de órdenes. Un día estarán, otro día serán enviados a otro lugar, según las necesidades estratégicas de la comisaría o de la zona policial. Un día, cuando todo esté tranquilo, habrán desaparecido y nadie se dará cuenta.

Lo que los funcionarios no advierten es que así no cambian el paradigma de la tarea policial. Hoy el agente de calle es el peor pagado, el más denigrado, y carece de poder de decisión. A nadie en la Policía le gusta esa tarea y los mismos jefes no la valoran. Para ellos la efectividad policial se mide en detenciones: se dedican a perseguir autores de delitos, no a prevenir. El concepto de seguridad es el del vigía centinela y por eso hacen que sus agentes hagan lo mismo que en el servicio de vigilancia adicional: estar parados en un punto fijo, a la espera de que que pase algo.

En cambio, el agente de calle debería ser el que se vincula con los vecinos, el que aprende por contacto a saber lo que pasa en el barrio, a fuerza de resolver asuntos cotidianos. Son problemas complejísimos y para eso necesita mucha más preparación que tres o cuatro semanas de la Escuela de Policía. Ahí acaso vaya a estar el mejor policía. Ese ganaría la confianza del vecino. Ese paradigma habrá de cambiar en algún momento, con una reconsideración básica de lo que es la tarea de calle. Con encuestas de satisfacción/insatisfacción sobre la Policía, encuestas de victimización, con el criterio de ir hacia los vecinos (y no esperar, como el comisario Luna, que los vecinos vayan a la comisaría) y luego hacer planes de seguridad con información real. Hasta ahora, se incorporaron más hombres y se gastó plata en autos y cámaras de vigilancia, pero todo se ha diseñado desde un escritorio, repitiendo las mismas viejas recetas. Mientras tanto, afuera los vecinos están abandonados al salvajismo de la dura calle y al encierro de sus casas llenas de rejas y alarmas ineficaces.